Hola, me llamo Xavier Lacosta y me estreno en el foro sobre Guinea con este cuento, extractado de una recopilación de mi autoría, no publicada, bajo el lema de ‘Instrumentum Vocalis’. Remito también la parte del epílogo de la recopilación que habla de este cuento particular, en el que se entremezclan tradiciones mágicas de Guinea y Baleares

Saludos

 

RO A ELEMBA

(LA ASAMBLEA)

por Xavier Lacosta

 

"Versados en demonología..." la música concatenada y opuesta de emes y enes contra es y aes les acompañaba al tiempo que subían la colina. "Versados en demonología ¡Qué atrevimiento! Por cierto, es más conveniente este sitio que aquél otro en medio del desierto", susurró el Segundo. "Sí", convino el Primero, "yo lo prefiero sobre todo a aquella vez que nos reunimos dentro de un árbol". " Y yo...", empezó Segundo, "Calla", le conminó el Otro, "lo que debas decir mejor es decirlo ante todos". El silencio fue la respuesta. Subían un tramo angosto, de carrizo y piedras cortantes, sueltas; el sendero no ofrecía, sin embargo, dificultades para seres que apenas tocaban el suelo con los pies. Segundo pensó: "La próxima vez, en lugar de sobre una colina me gustaría...". "Tampoco pienses: lo que discurras, discúrrelo ante los otros", le ordenó, ya severo, Primero. En el cielo nocturno se recortaba una luna turca.

Ligeros, ambos llegaron a la planicie antes de que lo hicieran la segunda mitad de los convocados. "Gusto de verte", saludó Uno; "Sí, la última vez fue en el desierto, en aquella Noche Fría..."; "Mejor es este lugar: isla en el mar, en una montaña que es como otra isla en la tierra, pero rodeada de cielo..." Los saltamontes merodearon un buen rato, en tanto Aquél‚ designado como Secretario al final del último cónclave para conducir el presente, acababa de ordenar sus documentos y de establecer el turno de intervenciones. En medio de ellos, yo, en pijama, asistía también‚ mi espíritu estupefacto y arrebatado: seguro que no había cursado ninguna solicitud para asistir a la asamblea ni siquiera en calidad de testimonio u observador: "No, de testimonio no", me interpeló Aquél‚ "sino como relatora. Usted es nuestra relatora. Narradora o cuenta cuentos, si así lo prefiere". ¡Cómo! "Sí. Es preciso por la propia estructura de la historia, ¿sabe? Nosotros dominamos el tiempo y el sueño, pero no la narración". Seguía sin comprender. "No es momento ahora -dominamos el tiempo, jamás decimos ‘no hay tiempo’- pero confíese cuando le decimos que mejor en otro momento, que lo habrá". Mi sorpresa se relajaba y dejaba de aumentar; aún con los párpados llenos de sueño intentaba abarcar mi alrededor. La tenue luz parecía un amanecer, pero por los comentarios oídos -"¡qué Luna tan magnífica se prepara!"- en realidad anochecía.

 

Silencio ahora. Sentados poco a poco, en anfiteatro, con el Secretario que a la vez oficiaba de presidente, la asamblea comienza por fin. Cierro los ojos y recuerdo que, dolida por la menstruación, me había ido pronto a la cama, antes que mi marido llegara; apenas una vuelta en la almohada y me encontraba en la ladera de la colina, oyendo aquello de "versados en demonología". Ni idea de lo que pasaba. Pero ya se acercaba Aquél, que por lo visto encontró un momento en su Tiempo que tan bien decía dominar. "Verá, nuestra querida señora -pues todos la respetamos. El asunto es mucho más sencillo de lo que parece", dijo, "pero antes que nada nuestras disculpas por arrebatarla del sueño". Aquél empezó un amago de poner las cosas en su sitio pero educadamente, ya que el Secretario era, por ahora, educado: "Sabe", dije yo, "quizá no sea, para mí, el momento adecuado. Estoy dormida, cansada, dolida -usted no sabe cómo duele- y debo aprovechar el tiempo de mi sueño porque, señor, empiezo muy temprano a trabajar. Desearía que me devolviera a mi sueño y mi descanso, sea donde sea el lugar en donde estoy ahora". El Secretario no se enfadó ni se sorprendió; por el contrario, sonrió de oreja a oreja como un bobo. Por cierto, tenía las orejas en punta, con los lóbulos colgando por el peso de dos gruesos aretes de oro macizo. Aparte de un lienzo que le envolvía la cintura, no tenía otra vestimenta. Dónde había visto yo una moda así...

"Verá, aleje sus temores, porque podemos complacerla en todo", comenzó a explicar, "aunque no queremos devolverla aún a su sueño. Pero no se preocupe, es por poco tiempo -poco tiempo para usted, para su percepción. Usted no perderá horas de sueño ni de descanso. Recuerde el vuelo nocturno y el asno... Recuerde, dominamos el tiempo..." No entendía nada, decidí huir hacia adelante y optar por la ironía: "ya que es tan prepotente con los relojes, no le importará explicarme todo eso más ampliamente, ¿verdad?, porque se supone que no le robaré su tiempo... ". Antes de que acabara la frase, el pequeño Secretario comenzó a marcharse. "Le ruego," -se disculpó- "en otro momento, debo intervenir ahora ante la asamblea; en tanto, puede tomar las notas que necesite" ¿Notas? Ya está, me habían tomado por una secretaria, no me habían escogido por mi diploma universitario ni por mis estudios pediátricos, sino por mi capacidad amanuense. Mucho onirismo anacrónico, pero estos enanos no habían superado la creencia ancestral en un eterno femenino. Habíamos caminado unos pasos y, sin darme cuenta, el Secretario me había conducido mientras hablábamos hasta situarme frente a un pequeño escritorio. Una monada, con su sillita y todo. No se cómo encajaría con mi metro setentaycinco. Estaba colocado sobre la última grada del anfiteatro, arriba de todo, justo delante/encima del Secretario. El lugar aparecía cuajadito de docenas de decenas, centenares, quizá un millar de personillas como mi mentor.

"Qué sueño más simpático en el fondo", pensaba mientras distinguía que no todos los asamblearios eran como el Secre. Unos tenían las orejas de distinta forma, otros se vestían completamente, menudeaban quienes sólo llevaban bombachos, los había que se tocaban de turbante verde. Cierto grupo vestía sombreros de hebilla, zapatos con tacón y grandes cinturones. No sé por qué los relacioné con viejos holandeses. El Secre, por cierto, me había dejado para cortar la palabra a uno de los miembros de la asamblea. Recordé que, desde que estaba allí, no me dolía; no sentía el dolor de la menstruación; "algo he sacado", me dije. O bien, me pensé, o me pensé en sueños: me soñé. Mi cicerone en los dominios de Morfeo -también soñabapensaba cursiladas, siempre fui una pija-; muy correcto, desalojó de la tribuna al elemento pesado, que no se opuso demasiado pesadamente. Capté que discursaba sobre algo de unos jugadores de bolos con ropas holandesas en la gruta de una montaña, les recriminaba algo.¿Se refería quienes había visto antes? El Secre dio paso a otro miembro de la congregación que comenzó una perorata sobre el It y el Ego. Sentada ya, apenas había cogido un papel y una elegante pluma del escritorio cuando ya tenía al Secre a mi lado. "Bien", convine, "si no me devuelve a mi descanso y me garantiza que, sin embargo, descansaré porque no perderé horas de sueño, ¿le importa explicarme todo esto, como ya le he pedido antes?". "Cómo no", convino también a su vez, "es precisamente este el mejor momento que podríamos encontrar". Hablaba de hallar momentos como quien da con una moneda o un botón que ha perdido o que ni siquiera es suyo. "Precisamente, precisamente", insistió. "Pero comenzaré, si me lo permite, por lo menos importante para usted y lo más importante para nosotros". Repuse que en absoluto, "qué me va a importar, ya puestos... "

Lo que era más importante para ellos, los miembros de la asamblea, así designaba él a la congregación nocturna, era, como me había dicho al principio, el relato. "Se preguntará usted", y era cierto que me lo preguntaba, "que por qué complicarlo todo tanto". La respuesta era que querían hacerlo bien; no levantar sólo unas actas sosas que narraran discurso sobre discurso, ponencia mas ponencia, moción contra moción. Ni algo abstracto, que no se sabía quién lo había escrito. "¿Cómo?", pregunté extrañada.. "Verá", se preparó, como lo hace una maestra indulgente con una alumna zoqueta, "cuando usted lee algo, ¿no se pregunta nunca que de dónde ha sacado el narrador esa información?".

"Suponía que el escritor o escritora se lo habrían inventado", dije, y me dí cuenta que metía la pata. "Ahí está", cogió la metedura de pata, triunfante, "entre nosotros no se usa de esas invenciones, lo nuestro es real. Y, como real, necesita de un artificio para ser creíble al contarse a los demás" -seguía siendo una zoqueta, ¿no bastaba decir ‘esto es así’ y ya está?. "No, no" -el Secretario empezaba a ponerse serio, el pedagogo amable endurecía el rictus- recuerde la Odisea: comienza con la invocación ‘Háblame, oh musa....’ En rigor, Homero le cuenta al lector u oyente de la Odisea unos hechos de los que está informado no por él mismo, sino por medio de la musa que le inspira. No es Cervantes quien escribe ‘El Ingenioso Hidalgo... ’, sino que traduce el manuscrito original de Cide Hamete Benejalí. Hamlet no averigua qué es lo que han hecho con su padre, sino que el fantasma de éste se lo cuenta de primera mano. Scherezade cuenta al Sultán / lector / oyente lo que otros le han contado a ella. El conde Lucanor recopila los consejos y cuentos que luego enumera el infante don Juan Manuel. César, por su lado, narra sus propios hechos en tercera persona como si fueran los de otro En los cuentos de Poe, o de Melville, o de Conrad, lo que se lee es un diario del protagonista, que emplea la primera persona como en las novelas de detectives...". "Como yo ahora", le corté‚ porque es que se iba a ahogar, se quedaba sin respiración el pobre, tan pequeñito.

"Veo que ya lo comprende", sentenció el profe ante la alumna que ya lo ha cogido, y que al principio parecía cateta. "Pero..."

Nos interrumpieron al reclamar nuestra atención: la sesión iba a dar comienzo de manera formal. Me senté ante el pupitre y fui tomando nota, con la mejor de mis caligrafías escolares, de las intervenciones. Básicamente, se trataba de relatos más o menos extraordinarios, contados en forma de experiencias, como quien presente una tesis doctoral o un estudio sobre algo ante un cónclave científico. El material me extrañó al principio, pero me tranquilicé al recordar que soñaba. Soñé, pues que transcribía:

 

Primera experiencia reseñada

Mi abuela contaba lo siguiente: tenía un primo mayor que gustaba de cortejar a dos jóvenes hermanas al mismo tiempo. Entonces se solía hacer esto, no pasaba nada en aquella época: el pretendiente cortejaba a dos muchachas a la vez en tanto se decidía por una o por otra, o bien era una de ellas la que se decidía por uno u otro pretendiente. Tampoco eran raras las casas en que una o más hijas recibían a varios pretendientes, bajo la mirada de la madre o de una hermana casada mientras hacían labores domésticas o del campo, como bordar o pelar almendras. Bien, este pariente era bravo y valiente, encorajinado; acudió a cortejar una noche en que la madre, casualidad, no estaba. Le dijeron, llegada la hora de recogerse: "Jaume, vete". Pero él: "Hoy que no está vuestra madre podremos estar un rato más...". No accedían, le insistían para que se fuera sin echarle. "No, vete ya". "Pero, ¿y la cena?". "Ya hemos cenado, vete y déjanos". Ya ofendido, el primo de mi abuela les contestó: "Ya que tantas veces me habéis dicho que me vaya, me iré". Pero no se fue, se escondió en la alacena. ¿Por qué? Ni él mismo lo supo decir, quizá por llevarles la contraria, sin malicia. Oyó a través de la puerta que una de las hermanas preguntó a la otra: "Y, ¿dónde iremos hoy?"; y la otra que responde: "Esta noche caeremos sobre Barcelona". El no entendió nada, presintió que algo pasaba, indefinido, y siguió un silencio. Una claridad que, lenta, disipó la oscuridad en un tiempo que no había luz eléctrica, le impulsó a salir sin aguantarse más. En la claridad vio los vestidos abandonados de una y otra, y no permaneció ni un segundo más, cogió puerta y salió de la casa. "Mis pisadas me atemorizaban", decía el joven al recordarlo; perdió el camino a casa y tardó horas en regresar. Le contó la nigromancia a la madre, que le advirtió: "No debes volver, ya había oído que esta gente no trae nada bueno". Le contestó que así lo haría; la madre le recomendó: "No discutas con ellas ni rompas de repente, deja pasar el tiempo y haz como si ya no te interesaran". Preguntó: "¿Y cómo, si son siempre tan atentas conmigo?". "Como puedas, pero sobre todo no comas nunca nada de lo que te ofrezcan". Durante unas semanas aún le insistieron, Jaume esto, Jaume aquello, ven a vernos; respondió con mil excusas hasta que cesaron de invitarle. Otra cosa que hizo siempre nuestro primo fue recomendarnos a todos que no comiéramos nunca nada sin saber a ciencia cierta quién nos lo daba y, si lo comíamos, que lo cogiéramos con la mano izquierda, y que lleváramos siempre cosas bendecidas encima: un pañuelo, una crucecita, algo de agua bendita.... Por si acaso."

 

Segunda experiencia reseñada

Eran los de entonces tiempos de bandoleros, y entre estos había los de la cuadrilla de Joanot, a quien nunca le podían pillar. Jamás abandonaba su zurrón. Decían que había logrado capturar un follet. Uno de esos que, si lo capturas, está obligado a preservarte. El lo negaba, pero lo cierto es que no dejaba el zurrón ni a sol ni a sombra, ni para comer ni para dormir, quien sabía si ni para obrar de cuerpo. Sucedió que apareció con parte de los suyos en un baile de pueblo, porque había un par de jovencitas que le gustaban. Bandolero sí, pero en cierta forma caballero precisamente en eso, en las formas. Prefería cortejarlas antes que violentarlas o raptarlas. Los otros se le reían y decían que perdía el tiempo, pero pocas veces se le resistían. Lo que no supo era que aquella noche una banda contraria le preparó una celada, precisamente con la chica que más le gustaba. Ella, ante todos, se dejó rogar y cortejar por él antes de acceder a un baile. Por último puso como condición que dejara de lado su zurrón, por pura coquetería. "Parecería no se qué cosa‚ bailando con un zurrón al lado", una de las cosas que le dijo. Por galantería, Joanot apartó el zurrón, la cortesía pudo más que la precaución: el follet escapó volando ‘como una mariposa’, los conjurados dieron sobre Joanot y le mataron.

 

Tercera experiencia reseñada:

"... En las sombras del paganismo más abyecto, no tenían otras creencias que las procedentes del culto y adoración que rendían a los mekukus y mevengas de sus antepasados. Proceder de otra suerte era correr grave riesgo y exponerse a las represalias que no tardarían en tomar los feticheros y megangas (...) Testigo Ndayambekunda, que llegó sano y salvo de su naufragio hasta las playas sobre el caparazón de una tortuga. Epakele, de los mapangas, pelaba y comía una caña de azúcar a muchos metros bajo el agua, mientras subían a la superficie los restos que él tiraba. Ibendu, bapuku de Utonde, nadó bajo un río y vio a gran profundidad una ciudad encantada cuya belleza, por supuesto, no tenía parangón. Pero por sobre todos fue famoso Ubemga, que tenía a un tigre por ro a elemba. Era este un felino cierto, no figurado por humano mediante disfraz sanguinario. Ubemga era hermano, consanguíneo y socio del tigre por pacto poderoso en cuya ejecución debió embadurnar los mostachos de la bestia con una porción seminal sacada de su genital humano. No fue tan raro el caso, aunque lograrlo era difícil: otros lo consiguieron con boas, gorilas y elefantes.. Capturado el animal por el pacto seminal, dejaba de ser bestia para el capturador para convertirse en hermano y compañero, en la más estrecha unión y parentesco. Superando el asco de otros, los había que dormían con el reptil en la cama humana, o que iban a todas partes llevándolos sobre los hombros. Sabedores de esta unión y camaradería, cuando Ubemga se aproximaba a la ciudad por todas partes se veía al tigre, se citaba al felino. La bestia no fue nunca culpada porque nada hacía, simplemente estaba allí. Al marcharse Umbenga, también desaparecía el tigre. Esto era así porque el tigre de Ubemga hacía todo lo que se le ordenaba como si el cuadrúpedo fuera un niño. Por contra, ningún humano quería relaciones con él. Si Ubemga aparecía por un lado todos se iban por el otro. No es que llegara con el tigre, sino que llegaba solo y todos se apartaban de su lado. En la boda de su propia hija, primera ceremonia católica en Punta Monda, así lo ví. Otro día le cogieron preso los coloniales para una entrada de dos centenares de cargadores, cuyo objeto era establecer blocaos en Nzok, Alum y Ayeme. Bastó que se corriera la voz que Ubemga estaba entre los agraciados para la excursión para que cundiera la deserción: nadie quería topar con el tigre; creían que, si Ubemga iba, su ro a elemba también lo haría. Otro que hizo pacto con el tigre fue Ikabo, de Bomundi, quien era cojo. Muchos le vieron jugando con su tigre como si se tratara de un perrillo. El animal incluso le imitaba la cojera; al morir el hombre lo hizo también la bestia y, tras examinarla de cerca, resultó que le faltaba el mismo pie que al difunto Ikabo. De Mebelo poco hay que decir que añada algo más a lo ya comentado, salvo que de este hay referencia publicada en diarios de la colonia de fecha del 25 de abril de 1927".

 

Cuarta experiencia reseñada:

El jefe del pueblo se quedó mudo, ‘mudo de Obé’, le llamaron desde ese día; los vecinos acudieron al morimó para que les diera el remedio para que recuperara el habla. ‘Fingid que han robado su casa cuando esté fuera del pueblo, y quemadla’. Al regresar, la madre del mudo le advirtió: ‘¡Oh, mudo de Obé, jefe de Masab, guía de tanta gente! ¡Tus compañeros han quemado tu casa y robado tu patrimonio! ¡Cómo te quejarías si tuvieras voz!’ La pena y la pérdida hicieron que el jefe volviera a hablar entre lágrimas: ‘¡Madre, ¿quién lo ha hecho, quién me han traicionado?’. Todos se alegraron y consolaron al jefe, revelándole el remedio. La casa perdida fue el precio de la medicina.

 

Quinta experiencia reseñada:

"Vayamos a la cueva del morimó, no para invocar su ayuda, sino para directamente invocar el de Chiba. Es nuestro enemigo más fuerte, no sabemos cuál es el secreto que le permite vencernos siempre". Convocado, el espíritu de Chiba se traicionó: ‘Os supero a todos en el campo de la guerra porque soy invencible. Sólo una lanza que atraviese mi corazón podrá matarme’. A la misma mañana siguiente, en un oscuro encuentro, los contrarios de Chiba dirigieron todas las lanzas hacia su corazón, hasta que le acertaron. Su madre comenzó el llanto, y su pena era comparable a la de aquella cuyo hijo fue esclavizado y no le volvió a ver: la mujer se convirtió en un pájaro para plañir ‘ntao-piao, ntao-piao’, de rama a rama, de bosque a bosque".

 

Ahora hablaba uno de los más pequeños, aunque no por ello menos honrado. Toda una metáfora. Apunté lo que comunicaba a la asamblea:

 

Sexta experiencia reseñada:

"Fuí yo quien, suplantando la figura del Gran Eri, esperó‚ en la cueva de Moka en los tiempos que la cuidaba Abba Moté. Mientras me rogaba que las mujeres fueran fértiles, y antes de que señalara la fecha para la siembra del ñame, una mujer y un hombre blancos con un niño llegaron hasta la entrada de su cabaña. El Abba Moté bendijo al niño, los padres pidieron que se les permitiera visitar la cueva. Insuflé en el Abba el recuerdo que toda mujer que atravesaba el río Uti sufría la conversión de su vientre en hormigas, así que guió sólo al hombre a través del bosque. Evitaron ambos los puestos de guardia. En la entrada que vela una cascada, los vampiros que salían tropezaron con los dos hombres. El Abba Moté esperó, sin entrar totalmente, que el blanco admirara la cámara del morimó Gran Eri, y la cámara de los consultantes. Como el blanco ignora las cosas de nuestro mundo, lo miró todo sin ver, como un niño, y salió sin dirigirme la palabra. "¿Lo ha dicho?", le preguntó el Abba Moté, y el blanco le miró como si no tuviera el sentido: no había oído nada. "¿Qué debía haber dicho el genio?", preguntó sin mostrar respeto. "Lo que dicen todos que les ha dicho: ‘Hay que matar a Macías’, eso dicen", le inspiré de nuevo al Abba Moté.

 

De otras muchas experiencias fueron dando cuenta los pequeños genios, de todas ellas hice reseña pero el débil hilo del sueño no soporta el volumen de su recuento. Terminé con una especie de receta:

"Si quieres hacer daño a alguien, hazte primero con una imagen de ese alguien. Puede servir cualquier representación: una estatua, un retrato, una foto... La representación debe ser fiel y sobre todo deben aparecer claramente las partes de su cuerpo; entonces debes mutilar y destrozar la imagen para que tu enemigo sufra esa mutilación y esa desgracia que causas a su imagen. Así, si quieres verle muerto, cuélgale una soga al cuello de su imagen. Si lo deseas ciego, arráncale los ojos. Desoreja la imagen, quema su cara, etc.... Se advierte que este embrujo no equivale al muñeco del vudú. A éste sólo se le pincha con alfileres, y además el muñeco debes hacerlo tú y añadirle cosas personales del enemigo, con el riesgo que conlleva el hacerse con ellas. El mal es, además, impreciso. De esta otra manera, mucho más ventajosa, basta una foto que aparezca en un periódico, o un retrato en un edificio oficial, y la desgracia es bastante certera. Es, pues, un embrujo muy indicado para magnicidios, y muy socorrido de los pueblos sojuzgados".

 

Estaba agotada. El simpático Secre, como si acabara de salir de la ducha. El hemiciclo se iba vaciando de personajillos, que desaparecían tras despedirse efusivamente al poco de alejarse. La Luna terminaba su camino celeste. El Secre guardaba mis cuartillas con letra de maestra. Inquirí, de nuevo, cómo era que ellos mismos no tomaban nota sobre sus intervenciones y en vez de eso necesitaban llamar a una extraña. Me respondió orgulloso con divagaciones, que no recuerdo de las que sólo retuve la explicación de que "estamos hechos de un fuego purísimo". Le pedí que me devolviera a mi mundo, a mi universo, a mi familia y a mi sueño, al cómodo reposo.. Años después, así lo he recordado.

 

EPíLOGO

(...) En Ro a elemba (La asamblea) me adentré en ese problema -para mí lo es-, el del narrador. Creo que he tardado más de dos años en darle su forma definitiva. Tenía la certeza de que debía comenzar por la segunda parte de su título, es decir por una asamblea nocturna ¿De qué? ¿De quiénes? Recordé los pasajes del Corán en los que el Enviado discute con los genios, y de ahí imaginé otra asamblea en la que los congregantes relataran hechos prodigiosos, como quien presenta comunicaciones científicas ante un congreso o convención. La relatora es una mujer, cautivada a través de su propio sueño. Los fenómenos expuestos pertenecen a la memoria oral balear y guineana. Dos años después de comenzar el relato di con el libro de un religioso anónimo que exponía la cualidad del ‘ro a elemba’, y me sorprendió tanto que ahí se quedó textual, porque no pude imaginar una forma de narrarlo que no fuera la que ya tenía. Ese sustantivo pasó a la primera parte del título. Las creencias mágicas forman parte de toda comunidad, son una expresión literaria común y anónima, y muy pocas invenciones de una sola persona pueden superarlas en su fondo o en su forma.